viernes, 20 de marzo de 2020

12.

¿Cómo les explicaremos a generaciones futuras lo que estamos viviendo actualmente?

¿Cómo les explicaremos que aprendimos por las malas el valor de un abrazo o un beso? ¿O cómo era vivir añorando la luz del sol sobre nuestros rostros? ¿O qué era eso de "la hora del aplauso"? ¿O cómo fue posible que el mundo entero se detuviera a la vez? ¿O el júbilo que sentíamos sólo con oír la voz de nuestros seres queridos a través de una pantalla? ¿O el miedo que sentíamos de recuperar la normalidad, sí, pero no la misma normalidad que antes? ¿O la creatividad desbordante que brotó de cada uno de nosotros para seguir adelante?

Sinceramente, espero que ellos jamás puedan entenderlo.

11.

¿Y si el sentido de la vida es aceptar que la vida no tiene sentido?

Nos pasamos la vida intentando encontrarle el sentido a la misma, preguntándonos el porqué de las cosas, especialmente de las tragedias que nos suceden. Y creo que es porque la mente humana no es capaz de concebir el carácter gratuito de sus desgracias; se le antoja demasiado cruel. De ahí que busquemos justificaciones que alivien la desazón, aunque sea mínimamente.

Incluso pensando que sólo somos simples peones, marionetas de Dios o del destino, ya estamos dotando a la vida de un significado, aunque éste no sea más que el plan divino o cósmico, pero igualmente incomprensible, de un ente superior.

Ni yo misma me libro; a veces, tras un suceso amargo, no puedo evitar pensar que el universo me está gastando una gran broma, que se está riendo de mí. Lo percibo además como demasiado evidente para eludirlo. Me digo a mí misma que las situaciones irónicas son la manifestación del burdo sentido del humor de la vida.

Pero no.

La vida no tiene sentido del humor, el universo no conspira y el destino no te la tiene jurada, porque no son entes que tengan esas capacidades, que son exclusivas de las personas. Tendemos a atribuírselas, humanizándolos así; pero el ser humano no es el centro, ni el molde, de todo cuanto nos rodea. Sólo nosotros podemos ser despiadados; la naturaleza, sencillamente, es como es. Ni buena, ni mala. Sin rumbo. Sin propósito, más que el propio fluir.

Sólo cuando entendemos que la vida no tiene sentido, podemos darle el que queremos.